domingo, 11 de septiembre de 2016

Lugar montañoso de ranas. Parte 2.

La ciudad de Guanajuato es un micro punto de reunión de gente de todas razas, culturas, países, colores y sabores. A veces me saturo porque en mi camino hacia algún lugar no concurrido por los turistas, tengo que pasar por lugares a los cuales toda la gente visita. 

Eso pasó aquel día. Mucha gente había bajo el arco del café que incluso sale en una película, pero nadie escuchando al señor del acordeón que estaba a 5 metros de ahí; mucha gente había en la Plaza de San Fernando pero nadie en San Roque; mucha gente bajo las carpas donde se vendían objetos comunes, caros por ser realizados por gente de muchos recursos pero nadie admiraba la artesanía hecha con el corazón de los que no hacen un par de aretes iguales, o un collar igual a otro porque su inspiración es diferente para cada creación que realizan.

Este balconcito tiene una cámara vigilante. Tal vez los dueños escriben historias basadas en lo que ven ía a día desde la cámara. Qué genios.
 Me gusta caminar con Iza porque ella también descubre detalles invisibles a ojos no atentos. Encontramos muchas cosas que a simple vista no se ven o, pasan inadvertidas para aquellos cuyo interés es uno ajeno al nuestro.

Había detalles impresionantes: las puertas de la iglesia unas cuadras antes del edificio principal de la Universidad de Guanajuato o la banca que por su hechura y avejentamiento me gustaría situar en tiempo a algún momento del medievo.

Esta es la puerta en cuyo umbral estaba la banca susodicha.
Una lluviecita nos quiso asustar y terminamos pasando bajo carpas repletas de libreros. El ambiente misterioso y sofocado invitaban a quedarse hasta la noche, pero nosotras seguíamos buscando alma silenciosa un lugar donde vender nuestra habilidad al mejor postor y dejar ahí nuestra esencia o mas bien que la esencia del lugar y de la gente nos atrapara.

No tuvimos que buscar mucho, nuestros pasos guiados por alguna intuición o instinto prehistórico nos llevaron al mercado que vive bajo lo que remonta a una antigua estación de tren: el Mercado Hidalgo.

También saturado, pero de colores propios y naturales. Saturado de hierbas de olor, de fondas, frutas, viejitos cuidando sus negocios, piñatas atiborrando las estructuras, carnes desparramadas en las mesas carniceras y arriba, flotando sobre los techos empolvados, una gama multicolor de blusas tejidas, huaraches, trajes tìpicos, varios tejidos de palma.

Si uno quiere navegar por el cuerpo del mercado, basta con voltear hacia arriba y reconocer las costillas, la espina dorsal, las extremidades y luego voltear hacia abajo para reconocer en la gente a todo el torrente sanguíneo que fluye para darle vida.



 La depedida no fue fácil y es que ¿cómo deslindarte de lo bueno de la vida? Pero bien dice el dicho, "si una puerta se cierra, otra se abre". Más a nuestro favor, las puertas del Mercado Hidalgo no se han cerrado pero sí se nos abrió otra puerta nueva y esa fue camino hacia la Alhóndiga.

Caminar con la mirada pa'bajo no siempre es porque uno esté agüitado. Es que anda buscando sin querer esto.

¿Quién no recuerda las clases de historia de la primaria cuando alguien menciona "Alhóndiga de Granaditas"? ¿quién no quedó impávido cuando le contaron que el Pípila había cargado una losa descomunal sobre su espalda? Es casi imposible no rememorar esto cuando se pasa por las cuatro esquinas donde los nombres grabados dicen que ahí yacían las cabezas de los insurgentes de la contienda de Independencia de nuestro país. 

A veces mi imaginación vuela y me quiere llevar 200 años atrás. A dibujar en mi pensamiento con la nostalgia de todo un pueblo cómo era en aquellos tiempos, cómo se fue impregnando de historias cada piedra, cada nueva rama de un árbol.


Al final, regresamos al mosaico multicolor. 

Mosaico formado por casas, estructuras, imágenes, pero sobre todo, mosaico alimentado por memorias, vivencias, gente, costumbres, anhelos y añoranzas.


Se puede cantar también.

Camino de Santa Rosa, la Sierra de Guanajuato,
Ahí nomás tras lomita se ve Dolores Hidalgo
ahí me quedo paisano, ahí es mi pueblo adorado

Set de fotos: 
Balcones y cielos
Flujo sanguíneo del mercado


jueves, 8 de septiembre de 2016

Lugar montañoso de ranas. Primera parte.

Verdad es que Iza y yo teníamos como 8 años anhelando ser viajeras con cámara en mano para documentar todos los lugares que conociéramos, todos los caminos que recorreríamos, todas las sonrisas que nos encontraríamos a la vuelta de la esquina.

Pero también, la neta es que, después de todos estos inviernos pasados, a veces parece que la visión se nubla y hay que tallarle fuerte para que se aclare, como cuando se lava un recipiente particularmente percudido o mugroso.

Caminar por las calles eternas empedradas de Guanajuato resultó en lo mismo: una lavada con fibra de fierro a la maraña de ilusiones que se nos estaban ensuciando con cochambre.

El recorrido era simple. Afuera de la central teníamos que agarrar el camión al centro. Fue bien chido porque saliendo a la luz del día vimos a Arturo Meza deambulando entre las banquitas de espera como dejando pasar el tiempo para verse con alguien que iría a su encuentro. Toda tembeleque pero simulando seguridad me acerqué con un "Señor Arturo, ¿qué anda haciendo por acá?", de paseo andaba y siempre tan amable y sonriente nos despedimos de él porque la musa suya ya había llegado.



Nos bajamos en algún lugar cerca de un domo de una cancha de futbol, y entre instinto e instinto salimos a la calle que lleva directo a la Presa de la Olla. Caminando cuestita arriba, entre foto y foto de casas abandonadas, calles que terminaban en el cerro y ventanas raras, llegamos a la Presa, luego a San Renovato, a reflexionar un poco entre los arcos anaranjados para decir entre respiro y anhelo "Qué chingón vieja, qué chingón".

Ya el hambre calaba y en una de las tantas fondas en la rivera de la presa nos comimos unas enchiladas mineras.

¿A quién rayos se le ocurre querer irse caminando hasta el Pípila por la carretera Panorámica?

Seguramente si te quieres morir atropellado, esa sea una buena idea. Mejor nos regresamos por donde mismo para llegar el merito centro de Guanajuato.


 
Ir viendo el cielo o las grietas en las paredes de las casas, no tiene nada de malo. Allá encuentras reposo en los mil colores.

La parte 2 tendrá menos choro :P